Las mil y una noches

Vamos a dar un salto hacia las lejanas tierras de nuestro Oriente más cercano. No puedo resistirme a hablaros de un lugar mágico, lleno de leyendas y sueños, sin olvidar las bajezas de la especie humana. Se trata del Harem del Palacio de Topkapi en Estambul (Turquía). Este palacio representa el férreo poder otomano ejercido durante quinientos años. La puerta es literalmente la de acceso a un lugar que, en Occidente, podíamos vincular a la entrada en un monasterio de clausura, por su falta de ornamento y luminosidad, en comparación con el resto del palacio. Sin embargo, lo que ocurría entre las paredes del Harem dista mucho de la realidad de un monasterio al uso.
La palabra Harem se puede traducir como “prohibido o “tabú”. Consistía básicamente en el lugar de residencia de las concubinas oficiales del señor y de las mujeres a su servicio. Así mismo allí también residía la madre del señor y los hijos del mismo, hasta que cumplía los 12-16 años. Fue Roxelane, la favorita del sultán Solimán el Magnífico, quien trasladó el Harem al Palacio de Topkapi con el fin de vigilar mejor los actividades políticas de su esposo.      Harem Topkapi (1)Las crónicas han descrito este lugar como un paraíso en la tierra, inundado de perfumes y sedas, donde las odaliscas bailaban día y noche y recitaban bellos versos. Sin embargo, la realidad debió ser más mundana, puesto que era un lugar tremendamente estructurado y controlado. Las concubinas eran las mujeres encargadas de darle el mayor número de hijos al sultán; mientras que las odaliscas simplemente eran unas sirvientas, por lo tanto, no mantenían relaciones íntimas con éste. Sin embargo, la proliferación del gusto orientalizante en la vieja Europa ha llevado a crear falsos míticos sobre los habitantes del Harem.

Cuando uno se encuentra mirando por sus ventanas o sentado en uno de sus patios, es fácil imaginar que alguna de las odaliscas pudiera estar relatando algún cuento a los niños que por allí estaban. Vamos a poner en esa situación y os voy a relatar un cuento de las “Mil y una noches”, un libro evocador, que apasiona por la gran calidad de sus relatos y la importancia de mantener la tradición oral heredada. Sentaos, que empezamos:
Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel. Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela de Mussul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro de brocato. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos ojos negros con largas pestañas y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura: “¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme”. Y el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió a la joven, hasta que se detuvo a la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní,(nazareno, cristiano) que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: “Lleva eso y sígueme”. Y el mandadero exclamó: “¡Por Alah! ¡Bendito día!” Y cogió otra vez la espuerta y siguió a la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmani, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de henné, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: “Llévalo”. Y él lo llevó, y la siguió hasta que llegaron a la carnicería, donde dijo la joven: “Corta diez artal de carne”. Y el carnicero cortó los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: “Llévalo, ¡oh mandadero!” Y él lo llevó así, y la siguió hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo: “Llévalo y sígueme”. Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió hasta llegar a la tienda de un confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet-el-kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca, miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta. Entonces el mandadero dijo: “Si me hubieras avisado habría alquilado una mula para cargar tanta cosa”. Y la joven sonrió al oírlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría.
Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: “Lleva la espuerta y sígueme”. Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó a un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano, adornadas con chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto a su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve.
Por eso, a su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: “¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!”
Entonces esta joven tan admirable dijo a su hermana la proveedora y al mandadero: “¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!”
Y entraron, y acabaron por llegar a una sala espaciosa que daba al patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados.
En medio de la sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también rojo, y en el lecho había una joven de maravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta: 
¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error a pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano! ¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más! Entonces la joven se levantó, y llegando junto a sus hermanas, les dijo: “¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre”. Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero, le dijeron: “¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente”. Pero el mozo miraba a las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración, no tenía maldita la gana de marcharse. Entonces la mayor de las doncellas le dijo: “¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?” Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: “Dale otro dinar”. Pero el mandadero replicó: “¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís en esta soledad, y no hay hombre que os haga compañía. ¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no reúnan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la flauta y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad e inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!” Y las jóvenes le dijeron: “¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas:“Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido”. Pero el mandadero exclamó: “¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas! ¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!” Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: “Sabe, ¡oh mandadero! que en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos a beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?” Y la mayor de las doncellas añadió: “Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza”. Y la que había abierto la puerta dijo: “Si no tienes nada, vete sin nada”. Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: “¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah!, pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuanto le toque pagar a él, yo lo abonaré en su lugar”. Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a la que le había defendido: “¡Por Alah! A ti te debo la primera ganancia del día”. Y dijeron las tres: “Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestras cabezas y nuestros ojos”. Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clasificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando. Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaronla copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó a sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada: ¡Bebe este vino! ¡El es la causa de toda nuestra alegría! ¡El da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡El es el único remedio que cura todos los males! ¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad! Después besó las manos de las tres doncellas, y vació la copa. En seguida, aproximándose a la mayor, dijo: “¡Oh señora mía! Soy tu esclavo, tu cosa y tu propiedad!” Y recitó estas estrofas. en honor suyo: ¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más humilde de tus esclavos! ¡Pero conoce a su dueña! ¡El sabe cuánta es su generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer! Entonces ella le dijo, ofreciéndole la copa: “Bebe, ¡oh amigo mío! y que la bebida te aproveche y la digieras bien. Que ella te dé fuerzas para el camino de la verdadera salud”. Y el mandadero cogió la copa, besó la mano a la joven, y con una voz dulce y modulada ‘cantó quedamente estos versos: ¡Yo ofrezco a mi amiga un vino resplandeciente como sus mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la caridad de una llama podría compararse con su espléndida vida!Ella se digna aceptarlo, pero me dice muy risueña: “¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?”. Y yo le digo: “Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color rojo, mi sangre, y su mezcla en la copa, es toda mi alma!” Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó a los labios y después fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todos empezaron a cantar, a danzar y a jugar con las flores exquisitas. Y mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió a la cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la puerta se levantó, se quitó toda la ropa y se quedó desnuda. Y de un salto echó su alma[3] en el estanque y se puso a jugar con el agua, se llenó de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho del mandadero, y extendiéndose luego boca arriba, dijo señalando a la cosa situada entre sus muslos: “¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?”Y contestó el mozo: “¡Ah …! ¡ah … ! ordinariamente suele llamarse la casa de la misericordia”.Pero ella exclamó: “¡Yu! ¡Yu! ¿No te da vergüenza tu ignorancia?” Y le cogió del pescuezo y empezó a darle golpes.Entonces dijo él: “¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva”. Y repitió ella: “Tampoco es así”. Y el mandadero dijo: “Pues tu pedazo de atrás”. Y ella repitió: “Otra cosa”. Y dijo él: “Es tu zángano”. Pero ella, al oírlo, golpeó al joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: “Pues dime cómo se llama”. Y ella contestó: “La albahaca de los puentes”. Y exclamó el mozo: “¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alah! y él te guarde, ¡oh mi albahaca de los puentes!”Después volvió a circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda joven se desnudó y se metió en el estanque, e hizo lo mismo que su hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y señalando con el dedo hacia sus muslos y a la cosa situada entre los muslos, preguntó: “¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?” Y él dijo: “Tu grieta”. Pero ella exclamó: “¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!” Y le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él: “Entonces será la albahaca de los puentes”. Pero ella replicó: “No es eso, no es eso”. Y volvió a darle golpes. Entonces preguntó el mozo: “¿Pues cuál es su nombre?” Y contestó ella: “El sésamo descortezado”. Y él exclamó: “¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado entre los sésamos! las mejores bendiciones!”. Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fue a tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus partes delicadas: “Adivina su nombre”. Entonces él le dijo: “Se llama, esto, se llama lo otro”.Y numerando con los dedos, decía: “El estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de la blancura, la fuente de las gracias”. Y por fin, en vista de sus protestas, acabó preguntando, para que no le pegara más: “¿Pues cuál es su nombre?” Y ella contestó: “El khan (la posada) de Aby-Mansur”. Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestiduras y se metió en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se lavó todo el cuerpo como se habían lavado las doncellas, y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, apoyó los pies en el regazo de la otra hermana, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: “¿Sabes, ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?” Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: “¡Tu zib!” Y él dijo: “No es eso, no es eso”. Y les dió a cada una un mordisco. Entonces dijeron: “¡Tu herramienta!” Y él contestó: “Tampoco es eso”. Y a cada una les dió un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: “Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib, porque se mueve”. Y el mozo seguía negando, con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: “¿Cómo se llama, pues?” Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: “¡Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: “Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur”.Y se rieron las tres tan descompasadamente al oírle, que de nuevo doblaron sobre sus partes traseras. Después siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó a anochecer. Las jóvenes dijeron al mandadero: “Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la anchura de tus hombros”. Pero el mozo exclamó: “¡Por Alah, señoras mías! ¡Más fácil sería a mi alma salir del cuerpo, que a mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el camino de Alah!” Entonces intervino nuevamente la joven proveedora: “Hermanas, por vuestra vida, invitémosle a pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es una mala persona sin pudor, y además muy gracioso”. Y dijeron entonces al mandadero: “Puedes pasar aquí la noche con la condición de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra”. Y él respondió: “Así sea, ¡oh señoras mías!” Y ellas añadieron: “Levántate y lee lo que está escrito encima de las puertas”. Y él se levantó, y encima de la puerta vió las siguientes palabras, escritas con letras de oro: No hables nunca de lo que no te importe si no oirás cosas que no te gusten. Y el mandadero dijo: “¡Oh señoras mías! os pongo por testigo de que no he de hablar de lo que no me importe”

     Vuestros secretos están a salvo tras esta puerta … Vamos ahora a disfrutar del grandioso ágape que nos han preparado … Mil y una noches nos esperan.

Harem Topkapi (2)

Knockin´on heaven´s door …

Conviene abrir el nuevo año y seguir con nuestras andanzas cubriéndonos de color y, que mejor para ello que recorrer Irlanda observando sus magníficas puertas. Un viaje por la verde isla permite, además de contemplar algunos de los paisajes más espectaculares de Europa, vislumbrar una cantidad ingente de bellas puertas teñidas de un variado arco iris de colores.
CASHELEIRE1
He intentado dar con una explicación convincente a este fenómeno de tintes en los dinteles pero no he logrado llegar a una conclusión acertada de cuál sería la razón última. Las descripciones de esta costumbre aluden tanto a acontecimientos históricos como a simples habladurías o leyendas pero cualquiera puede ser la adecuada, ya que el ser humano tiene una capacidad incuestionable para sorprenderse a sí mismo.
QUIN IRLANDAIRLANDA

La versión histórica alude al hecho de que al enviudar la reina Victoria de Inglaterra de su esposo el rey Alberto, su tristeza era tal que pidió a todos sus súbditos que guardaran luto junto a ella. Esto fue interpretado por el pueblo como un deseo de que las puertas de las casas fueran pintadas de negro. Pero, en Irlanda, este hecho no fue tomado de la misma manera, puesto que al existir en el país un odio hacia la monarquía británica, decidieron dar un toque más colorido a sus entradas.
Existe también la idea de que pintar las puertas de colores resulta alentador para un lugar donde el cielo es plomizo en la mayor parte del año y eso haría más llevaderos los constantes días de lluvia. Se habla también de que es una manera de identificar la provincia histórica de Irlanda de la que descienden las familias que ocupan esa vivienda. Según esto, las puertas rojas pertenecen a los descendientes de los habitantes del Ulster y, por ello, prácticamente no se encuentran puertas de color naranja, ligados a los Orange, leales súbditos ingleses.
La teoría más inverosímil, pero no por ello tiene porque estar desacertada, dice que un dublinés regresaba de tomar unas cervezas en un pub y se metió en su casa, descubriendo a su mujer en la cama acostada con otro hombre. En un ataque de celos, mató a ambos y se quedó dormido, perjudicado por el exceso de alcohol. Al día siguiente, para su horror, descubre que la casa en la que ha dormido no era la suya y que había asesinado a sus vecinos. Por ello, antes que dejar de tomar unas pintas se decidieron a pintar las callas de colores estridentes para conocerlas y no volver a caer en el mismo error.
¿Os habéis decantado por alguna teoría? … Vamos a tomarnos unas cervezas para hablarlo … Llamad primero para confirmar que aquí es donde vamos …
QUIN IRLANDA'